Resto de alumbrado nocturno,
reluce el callado adoquín,
anoche la nube descargó
lágrimas sutiles que, de mañana,
incendian el macadam.
Abre los ojos, ¡ábrelos ya!
entreviendo lo justo,
atravieso la crujía.
Sabio y oloroso
negro, vaporoso, acogedor…
un suspiro largo... largo... largo,
que apremia el primer trago.
Aflora el humo,
lenta bocanada,
cálido arrumaco bronquial.
Cavilo, sonrío, estiro,
ahora sí, empieza la jornada.
Transitado afán
de señales heroicas,
y parábolas, y decibelios
gamas, bandas y sistemas,
música astronómica
y orden celestial.
Y luego siguen, incansables,
sintonías terrenales, estaciones silentes
Y cruces perniciosos.
Y tedio, tedio, tedio…
hastío y flojera, hasta que,
de pronto el verso,
cansino, pausado,
asoma. El verbo arenoso
se agolpa para cantar
frenético y animoso
la rutina de las horas
hasta que, poco a poco,
la visión se disipa y late la vena...
Eccolo quà!
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